Aquí fue donde quise prometerte que los unicornios no envejecerían. Pero no lo hice. En lugar de eso, dejé que salieras de mi vida. Tal vez fue lo mejor. Para ti seguro que lo fue. Aún me quedan unas cuantas décadas de insomnio y algún cuerpo que borre tus señales para sentir que también lo fue para mí.
Siempre creí que sabría detectar cuándo iba a acabar nuestra historia. Tenía el arrogante convencimiento que me daría cuenta. Que la veteranía era un grado y vería las señales de lejos. O que las propiciaría yo, amo y señor de las reglas de aquel juego y de ti.

Siempre confié que, aunque en este cochino mundo todo puede cambiar, nuestro universo no iba a hacerlo sin mi permiso. Porque yo era Feliz al volante, porque tú eras mía y en aquel viaje no había billete de vuelta.
Me equivoqué.

Aquel día te esperaba fumando. Te vi llegar. Llovías toda tú. Habías crecido. Tal vez por eso pude leer a través de tus ojos las palabras cansadas que esperaba que nunca dirías.
Después, el portazo. Y supe que habíamos estado escribiendo durante años la preciosa partitura de una canción que nadie interpretaría jamás. O quizás sólo nosotros, cuando la cicatriz se reabriese, tararearíamos el estribillo. Aunque cada año nos costaría más recordarlo.
Perdí la Fe y empecé a frecuentar iglesias, burdeles y bares. No sabría decirte en qué orden porque suelo encontrarme casi siempre a la misma gente en cualquiera de esos sitios. Les he hablado tanto de ti a los borrachos, a las putas y a los curas que eres una parroquiana más… Y estamos todos de acuerdo en que debí decirte la verdad sobre los unicornios. Y así poder seguir mintiéndole a tu ausencia sobre lo poco que te echo de menos.

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