Un pie en el suelo y el otro en suspensión. Una escena cotidiana: alguien que sube unas escaleras (probablemente ajeno a mi presencia) sumido en sus pensamientos, actuando mecánicamente en perfecta coordinación. A su alrededor, sombra y luz son unas finas líneas que le enmarcan, ajenas al maniqueísmo de lo blanco y lo negro, el bien y el mal. El sonido de sus pasos pone la banda sonora que acompaña al click que señala un nuevo disparo, una nueva captura. Difumino su cara, que probablemente no seré capaz de reconocer si me la encuentro de nuevo.

Mientras lo hago pienso que me gusta que sea así y le hago espacio en mi galería de momentos robados a hombres solos: desde hoy éste será en mi imaginario el que, peldaño a peldaño, se encaminaba hacia un futuro del que no seré testigo jamás.

Vidas que no Viviré.

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