Hoy también subo contigo

Hoy también subo contigo

En una escalera estrecha del Raval alguien escribe cada día la misma frase con tiza: “Hoy también subo contigo.”

No siempre aparece en el mismo escalón, ni con la misma caligrafía o tamaño, pero la letra tiene algo reconocible: cierta temblorosa suavidad, como si quien la trazara lo hiciera con cuidado de no despertar a nadie.

Hay vecinos que aseguran haberla visto desaparecer con la primera lluvia y volver a aparecer a los pocos días, idéntica. Otros dicen que fue una promesa hecha hace años, cuando alguien partió sin poder despedirse. Nadie lo sabe con certeza, pero la frase sigue ahí, apareciendo y borrándose, igual que las personas que suben y bajan esa escalera cada día.

A esa hora incierta en que el Raval aún huele a sueño mal dormido, la escalera tiene una luz particular. Un resplandor bajo, casi mágico, que cae desde la ventana del rellano y parte los peldaños en dos: sombra y posibilidad. Quien sube, suele hacerlo con prisa. Quien baja, lo hace pensando en otra cosa. Pero todos coinciden en detenerse si se topan con la frase.

Hay quienes la leen en voz alta, otros apenas susurrando, como si repitieran una oración antigua. Muchos la rozan con la punta del zapato, comprobando que sigue ahí, igual que se comprueba el pulso.

La señora Paquita, una de las vecinas más mayores, dice que la primera vez que vio la frase llevaba un mes sin hablar con su hija. Aquella mañana, al leerla, decidió subir y llamarla. Desde entonces, pasa cada día y deja junto a la frase un pétalo de su buganvilla.

El cartero la fotografía a diario, siempre desde el mismo ángulo, convencido de que un día la tiza le responderá. Y hay también quien confiesa que, al verla, sintió por primera vez que alguien lo esperaba.

No es una frase romántica, ni religiosa, ni triste. Es algo más sencillo, y por eso mismo más difícil de encontrar: una forma de decir “no estás sola” sin pronunciarlo.

A veces, cuando subo esa escalera, no veo la tiza. Solo quedan restos blancos mezclados con el paso de los vecinos. Y me sonrío porque sé que el día siguiente traerá otra oportunidad de escribirla. Y me gusta pensar que, aunque nadie sepa quién la escribe, alguien sigue haciéndolo.