Cuentan los viejos pescadores que, bajo las aguas del fiordo, vive una especie que no figura en ningún libro. Los llaman Peces Cosquilleros. No muerden el anzuelo: lo acarician. Se acercan despacio, rozan las cuerdas, las manos, y dejan en la piel una corriente tibia, como si quisieran comprobar si ese humano aún sabe reír.

Son pequeños, de escamas translúcidas y reflejos púrpura que sólo brillan cuando alguien los mira sin esperar nada. Algunos aseguran que se alimentan de las carcajadas que quedaron flotando en los veranos antiguos; otros, que viven de las palabras no dichas y de silencios felices.

A veces —dicen— uno de ellos decide hablar. No con voz de agua, sino con un temblor que cosquillea por dentro, en la memoria. Cada palabra despierta una alegría remota, una risa que no sabes de dónde viene. No todos los peces cosquilleros hablan, pero los que lo hacen guardan esa sabiduría luminosa de los cuentos para dormir que las niñas del norte escuchan de sus madres.

A los peces cosquilleros nadie los pesca dos veces. O porque escapan o porque, después de escucharlos, ya nadie lanza el anzuelo igual. Eso le pasó a Jonás, hace tanto que casi nadie lo recuerda.

Aquel pez suyo tenía ojos de invierno y la mirada de quien sabe más de lo permitido. A Jonás le despertaba un cosquilleo en el pecho, como si el fiordo le susurrara secretos a través de aquel animalillo sonriente.

Lo escuchó largo rato, hipnotizado. Cada palabra del pez era una ola. Cada silencio, un presagio. Le habló de cielos estrellados, de tormentas que olían a vino caliente, y de lo mucho que amaba los pasteles de manzana recién horneados.

Desde aquel día algo cambió en Jonás: dejó de caminar como quien arrastra el invierno y empezó a hacerlo como quien guarda luciérnagas en la mirada.

De todo eso hace ya mucho. Demasiado. Hace años que el viejo pescador murió. Su barca quedó varada no muy lejos del lugar del encuentro con el último pez cosquillero avistado en Noruega.

Los marinos de Lysøya le honran manteniendo la costumbre de dejar de vez en cuando un pedazo de tarta de manzana en la barca de Jonás. Por si aquel pez suyo, del que casi nunca hablaba, volviera a tener hambre de palabras.