Muchos te dirán que la casa azul apareció de repente una mañana después de una tormenta. Que se fueron a dormir y al día siguiente ahí estaba, recién pintada, con olor a madera nueva y las cortinas moviéndose como si alguien acabara de suspirar dentro.

Sea como sea que llegó, todos coinciden en que desde entonces el viento suena distinto. Y es que la casa azul tiene un modo curioso de convivir con la isla. Si alguien pasa con tristeza, las contraventanas se abren y suena un golpecito seco, como un “eh, levanta”.

Una vecina jura que la puerta se abre sola cuando alguien necesita refugio. Otra dice que la casa escoge a quién deja entrar. Y es que tiene carácter. Tanto si algo le gusta como si no, lo deja claro: abre las ventanas cuando oye a alguien llorar y corre las cortinas si alguien discute demasiado cerca.

Yo paso por allí cuando necesito calma. Le cuento mis pequeñas derrotas, mis planes a medio hacer. Y os aseguro que todas las veces se despide de mí guiñándome una ventana. Y eso, amigos, no tiene precio.