Dicen en Lysøya que el fiordo tiene alma propia. Que, si lo miras suficiente tiempo, acaba reflejando lo que piensas y no lo que ves. Yo no lo creí hasta aquella mañana en que bajé a la orilla y me encontré con mi reflejo inclinándose hacia mí, con los ojos llenos de secretos que solo mi corazón podía descifrar.

El agua estaba tan quieta que parecía sostener el mundo con las manos. Los árboles, reflejados con una calma antigua, respiraban bajo la superficie, como si allí abajo existiera otra isla, más paciente y más sabia. Ingrid asegura que en esa otra isla viven los recuerdos que la gente intenta olvidar, y que de noche suben a respirar un poco de aire fresco. Liv dice que no, que eso son tonterías, que lo que sube por el fiordo son marineros de Kristiansund en busca de sexo y que les aten con medias de nailon.

Yo no dije ni mu. Aprendí rápido que a Lysøya se viene a escuchar, no a llevar la razón.

Aquella mañana, el fiordo olía a resina y a café frío. Me senté sobre una roca, con los pies casi tocando el reflejo, y juraría que vi a Jonás —el viejo marinero— caminando boca abajo en el agua, saludándome con un vaso de aquavit. Le devolví el gesto por educación, porque en esta isla hay que mantener los códigos de cortesía también con los fantasmas.

El viento no soplaba pero las nubes se movían igual. A veces creo que el cielo aquí se acomoda según el humor del fiordo. O quizá sea el fiordo el que decide cuándo mover el cielo.

Sonreí y el reflejo hizo lo mismo. Durante un instante, no supe quién estaba de qué lado. Quizá por eso me gusta tanto Lysøya: porque aquí, hasta el agua entiende que todo lo verdadero ocurre entre los dos mundos .