Hace tiempo que ya no entran clientes al café de Ingrid. Con los años incluso hay quienes dudan que existiera alguna vez. Ingrid es apenas una sombra que se mueve entre mesas vacías y tazas de café que contaban historias.
Pero el olor a pan recién horneado sigue flotando cada mañana, insistente, recordando que alguna vez alguien lo amasó con las manos llenas de esperanza.
Hoy en día, los únicos clientes del café de Ingrid son fantasmas. Pero no dan miedo; tienen la calidez de quienes alguna vez tuvieron sueños y todavía se aferran a ellos. Se sientan en silencio, susurrándose entre ellos secretos. Ingrid les sigue sirviendo café de aroma dulce y croissants, mientras mira por la ventana la isla pintada de otoño y se siente arropada por sus viejos amigos.
De todos los fantasmas del café, su favorito es Él: su amor perdido que murió cuando la marea de verano todavía olía a promesa de vida en común. Él se sienta frente a ella y la mira arrobado con la misma ternura que ha tenido todos estos años. Ingrid le sirve un poco más de su té favorito y finge ignorarle, aunque los dos saben que un amor como el suyo ni la muerte es capaz de borrarlo.
A veces los fantasmas llegan en grupo, como en los viejos tiempos en que se reunían para compartir las novedades. Se sientan en las mesas, comparten recuerdos agridulces que Ingrid recoge y les devuelve —menos dolorosos— en forma de sonrisas. Porque nadie nunca ha sonreído como Ingrid.
Quizá por eso aún se respira una atmósfera tan acogedora cuando entras en lo que fue su café, convertido hoy en un domicilio particular. Los propietarios actuales de la casa roja hablan de cestas de croissants que aparecen de la nada y viejas canciones que vienen de voces perdidas que todavía quieren jugar a estar vivos.
Cuentan que, casi cada atardecer, cuando la luz de la isla se hace lenta, aún puede verse a Ingrid sentada frente a la ventana.
Los viejos fantasmas la miran con afecto y da la sensación de que el café cobra vida. Y en algún lugar entre el pan y la niebla, entre los ecos y las risas calladas, aún puede respirarse ese tiempo que ya no existe. O que quizá solo ha existido en la Lysøya que he imaginado para que tú sueñes.

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