El perfumista de Bakklandet

El perfumista de Bakklandet

Hubo en Trondheim un pequeño taller fundado por un misterioso perfumista venido del Sur. Se cuenta que sus frascos no contenían flores, ni frutas ni especias comunes, sino que condensaban esencias imposibles extraídas de momentos que no se repiten. Que conseguía que cada perfume contara una historia y, al mismo tiempo, guardase un secreto.

Pronto su fama fue tanta que llegó a oídos de la reina de Noruega, quien —disfrazada de doncella— se presentó en su taller. Tenía aquella mujer el corazón más pesado que sus manos y le pidió algo muy concreto: “el olor de su última despedida.”
El perfumista asintió sin preguntar nombres ni fechas. Colocó un frasco frente a ella, olió el aire que quedaba entre su pelo y sus ojos, y comenzó a mezclar esencias.
Mientras tanto, la reina observaba los frascos alineados: cada uno parecía contener un suspiro, algo parecido a un adiós que nadie quiso oír del todo. Había estanterías repletas de olores dulces —de los que duelen— y otras llenas de los amargos que reconfortan. Así pudo confirmar lo que decían todos los que alguna vez visitaron aquel lugar: no eran simples perfumes, sino memorias atrapadas, momentos que se negaban a desaparecer.

El perfumista, esbozando una sonrisa enigmática y haciendo una reverencia, le ofreció un pequeño frasco con tapa de corcho, mirándola fijamente a los ojos.
La reina, sabiéndose descubierta, huyó del taller.

Ya en palacio, abrió el frasco, respiró profundo y cerró los ojos. Era exactamente lo que buscaba: el olor que la transportaba al Sur, a aquel último abrazo, al peso de la mano que soltó sin querer hacerlo.
Contrariamente a lo que esperaba, no sintió tristeza, sino algo parecido al alivio. La despedida ya no le perseguía; se había vuelto algo tangible, delicado, algo que —al fin— podía sostener y recordar sin dolor.

Dicen que al día siguiente, cuando la reina regresó para pagar el perfume, el taller estaba vacío. Nadie volvió a ver al perfumista ni a oler fragancias como las suyas. Pero cuentan que, cuando llueve en Trondheim y el aire huele a madera y a nostalgia, todavía se distingue entre las calles un aroma leve, imposible: como de algo que, por fin, aprendió a irse sin desaparecer.

Reencuentros

Reencuentros

Dicen que Trondheim guarda sus fantasmas con una elegancia discreta: no asustan, solo esperan ser reconocidos. Aquella tarde caminaba junto al Nidelva, convencida de que el río recordaba mejor que yo sus propias historias.

Han pasado años desde que imaginé a Arvid Dahl, aquel guía socarrón que sabía hacer reír a los turistas y mentir con la precisión de un reloj suizo.

El puente viejo estaba casi vacío. La luz del norte caía sobre las fachadas de colores, y el viento traía el olor del mar mezclado con madera húmeda y café recién molido.

Fue entonces cuando lo vi: un hombre de abrigo oscuro, apoyado en la barandilla, hablándole a un grupo de viajeros con esa voz pausada y cálida que recordaba haberle dado.

No podía ser.
Me acerqué despacio, temiendo romper el hechizo. El hombre giró la cabeza. Sonrió con esa media sonrisa suya —la que nunca aparecía en las fotografías— y, al verme, inclinó ligeramente el sombrero.
—Llegas tarde —dijo.
—No sabía que seguías aquí —respondí.
—Siempre lo he estado —replicó—. Solo necesitabas volver a imaginarme.

El grupo de turistas se alejó sin mirar atrás. Nos quedamos solos,  como dos notas que el tiempo había dejado fuera de una partitura. Caminamos por Bakklandet mientras caía la tarde, hablando de las gárgolas de Nidaros y de futuras aventuras por escribir en la que hablarían de los gatos del puente y del bacalao que aprendió a mentir.

Yo me permití reír al oír en la voz de mi personaje los disparates que había inventado en mi cabeza y que solamente Arvid es capaz de convertir en historias verdaderas.

Llegamos a la esquina de mi hotel, justo bajo la fachada que me inspiró para darle su nombre y él me miró con dulzura antigua.
—¿Y ahora? —preguntó.
—Ahora te dejo quedarte —le respondí—. Ya no eres sólo mío.

Arvid asintió y la estrella de neón se encendió chisporroteando y captando mi atención. Cuando me volví un instante después para mirarlo otra vez, ya no estaba. Sólo quedaba el eco de la voz de mi fabulador de turistas.

Aquella noche, consciente que habría que darle nuevas aventuras a Arvid, escribí una sola frase en mi cuaderno: “En Trondheim, los personajes no mueren: aprenden a esperarte.”

Querido Arvid, cuánto te añoraba

La bicicleta de Arvid

La bicicleta de Arvid

“Dicen que en Bakklandet las bicicletas no se detienen: descansan, respiran y esperan a quien las recuerde”
Así arranca siempre su discurso cuando, de pie junto al grupo de turistas que le acompañe, señala una vieja bicicleta atada a una barandilla.
“Esta bici —añade solemne— fue la primera en subir sola la cuesta de Gamle Bybro”.
Los turistas ríen, convencidos de que bromea. Pero el viejo Arvid, guía en Trondheim desde hace décadas, nunca bromea del todo… aunque sea cierto que vive de contar relatos que empiezan siendo historia y acaban en cuento.
En el barrio de Bakklandet siempre cuenta historias de bicicletas. De ellas dice que cada una tiene un corazón pequeño, justo donde el pedal hace el primer clic. Y que, si escuchas bien, puedes oírlo latir cuando arranca.
Detenido frente a aquella bicicleta oxidada, con su sillín vacío y su campanilla muda, la roza con un respeto casi religioso, y dice:
—“Esta fue la bicicleta de la bella Ingrid. Cuentan que era la única mujer en su época que conseguía pedalear cuesta arriba sin perder el aliento ni su risa luminosa y contagiosa. Dicen que, desde que murió, las bicicletas de Trondheim la imitan como homenaje y que si escuchas bien, cada vez que suena una campanilla, hay una carcajada escondida dentro”.

Los turistas lo escuchan con los ojos brillantes y la sensación de haber tocado algo antiguo, quizá verdadero. Y, sin duda, bonito.

Al final del tour, Arvid cruza lentamente el puente recordando su propio secreto: la bicicleta oxidada que guarda en su trastero. La que usó para seguir, cuidar y amar a una muchacha de risa luminosa que siempre iba un poco más rápido que él. Aquella mujer de otro de la que tuvo que despedirse hace años en un hospital lejos de aquel río adoquinado donde aún sigue soñándola. Quizás por eso, desde entonces, con una niebla ligera en los ojos al decirlo, cuenta a sus turistas que todas las bicicletas de Bakklandet buscan a alguien.
Y cuando toca la campanilla de la que fue su bici espera escuchar aquella risa perdida. Y le dice —muy bajito— que la ciudad respira un poco más despacio desde que ella no está. Y le jura amor con esa verdad que solo se sostiene si alguien la cuenta pedaleando.

Nidaros

Nidaros

Arvid Dahl lleva años contando con un éxito arrollador la misma historia a los turistas que visitan la catedral de Nidaros.

Corría el año 1076 y el rey Olaf III ordenó construir un templo para que los restos de su difunto tío (San Olaf) tuviesen un lugar digno donde reposar y recibir la visita de los peregrinos. Para esa labor hizo venir desde Inglaterra a un grupo de albañiles y maestros canteros, expertos en el estilo anglonormando. Entre ellos estaba el consagrado artista Guillermo de Lincoln y su joven esposa Etheldred. Nada más llegar a Noruega reclutó entre los jóvenes lugareños a un puñado de trabajadores que le ayudarían en su tarea de tallar las gárgolas que decorarían el exterior de la catedral. Muy pronto destacó entre ellos el joven Gunnar cuya habilidad le hizo convertirse en seguida en su aprendiz predilecto. Tal fue la buena relación entre ambos que no tardó en instalarlo en su casa con el beneplácito de su mujer que se prendó de los talentos del vikingo. El idilio adúltero entre el noruego y la inglesa duró meses, hasta que el maestro vio la gárgola que su aprendiz había esculpido. Era el vivo retrato de su mujer, incluyendo el doble pezón izquierdo, detalle que sólo el ayuntamiento carnal podía haberle revelado. Preso de un arrebato furioso, Guillermo de Lincoln pasó el día entero añadiendo una figura monstruosa junto a su adúltera mujer pétrea. Al día siguiente, excusándose ante el obispo Øystein abandonaron la ciudad.

Cuentan que fue Gunnar quien añadió los cuernos al monstruo de la gárgola como secreto homenaje eterno a su maestro. Los turistas siempre sonríen satisfechos cuando acaba el relato. Aunque no tanto como él cuando llega a casa cada día y recuerda que esa gárgola es de 1968 y que ha jugado con sus oyentes. En el fondo, piensa, la ficción les ha dado una historia más apasionante que la verdad. Si quieren la realidad, que lean el diario. Eso sí, que no sea uno español.