“Dicen que en Bakklandet las bicicletas no se detienen: descansan, respiran y esperan a quien las recuerde”
Así arranca siempre su discurso cuando, de pie junto al grupo de turistas que le acompañe, señala una vieja bicicleta atada a una barandilla.
“Esta bici —añade solemne— fue la primera en subir sola la cuesta de Gamle Bybro”.
Los turistas ríen, convencidos de que bromea. Pero el viejo Arvid, guía en Trondheim desde hace décadas, nunca bromea del todo… aunque sea cierto que vive de contar relatos que empiezan siendo historia y acaban en cuento.
En el barrio de Bakklandet siempre cuenta historias de bicicletas. De ellas dice que cada una tiene un corazón pequeño, justo donde el pedal hace el primer clic. Y que, si escuchas bien, puedes oírlo latir cuando arranca.
Detenido frente a aquella bicicleta oxidada, con su sillín vacío y su campanilla muda, la roza con un respeto casi religioso, y dice:
—“Esta fue la bicicleta de la bella Ingrid. Cuentan que era la única mujer en su época que conseguía pedalear cuesta arriba sin perder el aliento ni su risa luminosa y contagiosa. Dicen que, desde que murió, las bicicletas de Trondheim la imitan como homenaje y que si escuchas bien, cada vez que suena una campanilla, hay una carcajada escondida dentro”.

Los turistas lo escuchan con los ojos brillantes y la sensación de haber tocado algo antiguo, quizá verdadero. Y, sin duda, bonito.

Al final del tour, Arvid cruza lentamente el puente recordando su propio secreto: la bicicleta oxidada que guarda en su trastero. La que usó para seguir, cuidar y amar a una muchacha de risa luminosa que siempre iba un poco más rápido que él. Aquella mujer de otro de la que tuvo que despedirse hace años en un hospital lejos de aquel río adoquinado donde aún sigue soñándola. Quizás por eso, desde entonces, con una niebla ligera en los ojos al decirlo, cuenta a sus turistas que todas las bicicletas de Bakklandet buscan a alguien.
Y cuando toca la campanilla de la que fue su bici espera escuchar aquella risa perdida. Y le dice —muy bajito— que la ciudad respira un poco más despacio desde que ella no está. Y le jura amor con esa verdad que solo se sostiene si alguien la cuenta pedaleando.