Dicen que Trondheim guarda sus fantasmas con una elegancia discreta: no asustan, solo esperan ser reconocidos. Aquella tarde caminaba junto al Nidelva, convencida de que el río recordaba mejor que yo sus propias historias.
Han pasado años desde que imaginé a Arvid Dahl, aquel guía socarrón que sabía hacer reír a los turistas y mentir con la precisión de un reloj suizo.
El puente viejo estaba casi vacío. La luz del norte caía sobre las fachadas de colores, y el viento traía el olor del mar mezclado con madera húmeda y café recién molido.
Fue entonces cuando lo vi: un hombre de abrigo oscuro, apoyado en la barandilla, hablándole a un grupo de viajeros con esa voz pausada y cálida que recordaba haberle dado.
No podía ser.
Me acerqué despacio, temiendo romper el hechizo. El hombre giró la cabeza. Sonrió con esa media sonrisa suya —la que nunca aparecía en las fotografías— y, al verme, inclinó ligeramente el sombrero.
—Llegas tarde —dijo.
—No sabía que seguías aquí —respondí.
—Siempre lo he estado —replicó—. Solo necesitabas volver a imaginarme.
El grupo de turistas se alejó sin mirar atrás. Nos quedamos solos, como dos notas que el tiempo había dejado fuera de una partitura. Caminamos por Bakklandet mientras caía la tarde, hablando de las gárgolas de Nidaros y de futuras aventuras por escribir en la que hablarían de los gatos del puente y del bacalao que aprendió a mentir.
Yo me permití reír al oír en la voz de mi personaje los disparates que había inventado en mi cabeza y que solamente Arvid es capaz de convertir en historias verdaderas.
Llegamos a la esquina de mi hotel, justo bajo la fachada que me inspiró para darle su nombre y él me miró con dulzura antigua.
—¿Y ahora? —preguntó.
—Ahora te dejo quedarte —le respondí—. Ya no eres sólo mío.
Arvid asintió y la estrella de neón se encendió chisporroteando y captando mi atención. Cuando me volví un instante después para mirarlo otra vez, ya no estaba. Sólo quedaba el eco de la voz de mi fabulador de turistas.
Aquella noche, consciente que habría que darle nuevas aventuras a Arvid, escribí una sola frase en mi cuaderno: “En Trondheim, los personajes no mueren: aprenden a esperarte.”
Querido Arvid, cuánto te añoraba

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