Mi objetivo aquella mañana era -pese al viento y la lluvia- recorrer la costa con sus casas abandonadas en busca de la famosa cabaña número siete. ¿Por qué? Como casi siempre la culpa la tenía una de las historias que me había contado Ingrid durante el desayuno en su almacén-cafetería.
Quejándome sobre las rarezas que me pasaban en la casa de Liv, le pregunté a Ingrid por qué no había más lugares donde hospedarse en la isla.
– “Desde que desapareció el pastor de las cabañas tristes nadie ha tenido ganas de montar un negocio turístico así” -me dijo con un tono melancólico.
A finales de los 70 hubo un tipo que -huyendo de quién sabe qué- llegó al norte de la isla y construyó unas cuantas cabañas de madera frente al mar para alquilarlas a gente que buscaba lo que sólo Lysøya puede ofrecer.
-“Le llamaban el pastor triste porque parecía exactamente eso”.-dijo Ingrid-“y como todo pastor tenía su oveja favorita: la cabaña número 7”.
Con los meses empezó a correr el rumor en la comarca que la cabaña número siete traía buena suerte a quienes la habitaban. Se contaba que la lista de personas que habían tenido un éxito fulgurante después de dormir en “la 7” era larga, empezando por el genio de las letras noruegas Lars Saabye Christensen que había escrito allí la obra que le llevó a la fama.
Sin embargo, el pastor tal y como llegó, desapareció en 1980 y no se le ha vuelto a ver. Con los años (y el abandono de su negocio) para la mayoría sólo quedó un vago recuerdo suyo en el nombre con el que se conoce a la zona: “las cabañas tristes”.
– “Y fíjate”-interrumpió Jonás, el viejo pescador que escuchaba desde su mesa-“desde que desapareció el pastor, nadie ha vuelto a encontrar la cabaña número siete. Se esfumó como él.”
-“Esa casa sólo se deja encontrar por quien la necesita…” -gruñó Ingrid, molesta porque el marino había fastidiado el desenlace misterioso de su narración.

Yo les sonreí, educadamente escéptica, y salí hacia el norte siguiendo sus vagas indicaciones mientras pensaba en las cabañas tristes y en si absorben las ausencias de quienes duermen dentro y por eso algunas crujen más que otras.

Si encontré o no la cabaña siete… lo dejo a tu elección.