No sé por qué elegí venir precisamente aquí, sólo recuerdo haber leído su nombre en un mapa —Lysøya— y sentir que algo en mi interior se encendía, como si el cuerpo reconociera lo que la mente aún no sabía.

Pienso en eso mientras el embarcadero cruje con cada uno de mis pasos. Huele a leña y a fiordo mientras subo por el sendero que acaba junto a una casa roja. Es la primera vez que veo a Ingrid, que me recibe con esa mezcla de bienvenida y reconocimiento que sólo dan las personas y los lugares que han visto muchas despedidas.

—“¿Eres la “sydenfolk” que va a quedarse en casa de Liv?” – pregunta usando un término (gente del sur) con el que muchos noruegos se refieren (y no siempre amablemente) a las personas de los países del sur de Europa.

Dudo, sonrío y mientras me acompaña al interior de su tienda/bar me ofrece un café en una taza llena de rasguños, como si el tiempo también pudiera beberse.

Mientras espero a Liv, la mujer que me hospedará en su casa llena de gatos, observo que Ingrid guarda una caja de metal bajo el mostrador, llena de papeles arrugados. Fantaseo con que son cartas que nunca envió, algunas escritas a quienes se marcharon y otras a los que aún no han llegado. Tiene las manos curtidas, la voz grave y hay algo en su mirada que recuerda al fuego: no quema, ilumina.

Me gusta imaginar su vida, trazar historias, fabular con que cuando caiga la tarde y el viento se levante, Ingrid se acercará hasta al farol del embarcadero. Encenderá la lámpara y se quedará mirando el horizonte, donde las olas parecen respiraciones. Nadie sabrá por qué sigue allí, sola entre casas vacías. Pero los pocos vecinos sí saben que, mientras ella viva, la isla seguirá teniendo pulso.

– “Dime” -interrumpe mis fabulaciones con su voz áspera-“¿qué sabes exactamente de Liv?”

Fijo mi mirada en la mujer que acaba de hablarme sin dejar de reorganizar los tarros de mermelada en una estantería. No me da tiempo a decirle que no conozco a Liv, que simplemente he reservado en Booking una habitación en su casa.

Ingrid detiene su discurso y disimula un fugaz gesto de miedo al ver entrar un gato a su cafetería.
 —“pues ten cuidado” -susurra.