Arvid Dahl lleva años contando con un éxito arrollador la misma historia a los turistas que visitan la catedral de Nidaros.

Corría el año 1076 y el rey Olaf III ordenó construir un templo para que los restos de su difunto tío (San Olaf) tuviesen un lugar digno donde reposar y recibir la visita de los peregrinos. Para esa labor hizo venir desde Inglaterra a un grupo de albañiles y maestros canteros, expertos en el estilo anglonormando. Entre ellos estaba el consagrado artista Guillermo de Lincoln y su joven esposa Etheldred. Nada más llegar a Noruega reclutó entre los jóvenes lugareños a un puñado de trabajadores que le ayudarían en su tarea de tallar las gárgolas que decorarían el exterior de la catedral. Muy pronto destacó entre ellos el joven Gunnar cuya habilidad le hizo convertirse en seguida en su aprendiz predilecto. Tal fue la buena relación entre ambos que no tardó en instalarlo en su casa con el beneplácito de su mujer que se prendó de los talentos del vikingo. El idilio adúltero entre el noruego y la inglesa duró meses, hasta que el maestro vio la gárgola que su aprendiz había esculpido. Era el vivo retrato de su mujer, incluyendo el doble pezón izquierdo, detalle que sólo el ayuntamiento carnal podía haberle revelado. Preso de un arrebato furioso, Guillermo de Lincoln pasó el día entero añadiendo una figura monstruosa junto a su adúltera mujer pétrea. Al día siguiente, excusándose ante el obispo Øystein abandonaron la ciudad.

Cuentan que fue Gunnar quien añadió los cuernos al monstruo de la gárgola como secreto homenaje eterno a su maestro. Los turistas siempre sonríen satisfechos cuando acaba el relato. Aunque no tanto como él cuando llega a casa cada día y recuerda que esa gárgola es de 1968 y que ha jugado con sus oyentes. En el fondo, piensa, la ficción les ha dado una historia más apasionante que la verdad. Si quieren la realidad, que lean el diario. Eso sí, que no sea uno español.

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