El pequeño bote —al que llaman generosamente ferry— avanza despacio entre las aguas que rodean Kristiansund. Tarda apenas veinte minutos en llegar, pero al poner un pie en el islote el tiempo cambia de idioma.
Cuando la niebla se levanta y el cielo se abre como una promesa, aparece Lysøya: la isla de la luz.
Desde lejos parece un suspiro detenido en mitad del fiordo: una roca verde, salpicada de casas de madera que el viento acaricia con una ternura casi humana. El aire huele a sal, a madera envejecida y a esa clase de silencio que sólo existe en los lugares donde el mar manda.
Desde el puerto se ve la hilera de casas, todas mirando al oeste, todas con las ventanas abiertas.
Sólo hay un embarcadero, y el sonido de las cuerdas al tensarse anuncia la llegada de los pocos visitantes que el lugar acepta cada día. Hoy soy la única. No hay coches, ni carreteras, ni prisa. Un camino de grava sube entre musgo y brezo hasta el corazón del islote.
Ahí está la casa roja de Ingrid: mitad tienda, mitad bar; siempre refugio. Prepara café fuerte y pan dulce, y me han contado que tiene la costumbre de preguntar a los recién llegados:
—“¿Vienes para quedarte o para recordarte?”.
En los estantes de su café hay conservas, bufandas tejidas, cartas sin enviar y un cuaderno donde Ingrid anota los nombres de quienes pasan por allí.
—“No por control, sino por cariño” —dice— “así la isla no olvida.”
Al anochecer, el farol junto al embarcadero parpadea, y el viento se llena del olor de las algas. Ingrid acostumbra a bajar hasta el muelle para despedir al último ferry del día. A veces levanta la mano; otras, sólo se queda quieta mirando cómo la embarcación se aleja hasta volverse un punto de luz sobre el agua.
Los que se marchan dicen que Lysøya se queda dentro, como una claridad suave que acompaña incluso en las ciudades más ruidosas. Los que se quedan saben que el milagro está en seguir encendiendo la lámpara cada noche.
En este islote, perdido entre niebla y memoria, todo lo esencial cabe en una historia contada despacio.
Porque en Lysøya el tiempo se sienta a la mesa del viejo bar de Ingrid, pide café… y se queda un rato.

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